lunes, 14 de diciembre de 2009

LA ARROGANCIA TRAE MALAS CONSECUENCIAS


LA CONCERTACIÓN EN LAS CUERDAS
(A PUNTO DE IRSE A LA LONA)
Vidente. O me dedico a estadístico o “le pido pega” a Yolanda Sultana. Le fallé en medio punto porcentual a Jorge Arrate –le daba 7%- y en tres a ME-O –vaticiné 23%-, lo demás calzó perfecto. Y no se ría. Ponerme túnica y hacer de numerólogo entre inciensos no sería lo peor. La mala noticia es que apenas escuché los discursos nocturnos de Frei y Piñera entendí que la derecha tendrá al próximo presidente de Chile. Así de simple.

Lo resumo en el refrán “los países tienen los gobernantes que se merecen”. Si quiere, de mi cosecha agréguele un “y candidatos perdedores que no dan el tono”. Se trata de ser sincero. El mínimo de ideas, proyectos y obras sociales que se pueden hacer en un país medianamente rico le bastaron a la concertación para mantenerse sin reparos en el poder por 20 años. Pero a veces, hay que asumir los ripios.

Allí aparece el principal pecado oficialista, la soberbia. Sí, tal cual, la pedantería como perspectiva competitiva desdeñada. Para enfrentarnos a rostros gastados, para competir con favoritismo heredados, para dejar el destino de sectores importantes en el cuoteo. Para darle con ello motivos suficientes de subsistencia a una oposición pegoteada en la crítica más chata y esencial. O para caer incluso en el círculo vicioso de la pretensión económica global que, estúpidamente, no es más que allanar camino. Que ese modelo se imponga hoy como aspiración mayor.

Sí muchachos, la mismísima fuerza de izquierda invencible agotó las bases de su obra. Ignoró cuantiosamente las señales con decepción de sus votantes en elecciones anteriores. Ni siquiera los sacudió el que hace meses, fuerzas independientes descolgadas de su rebaño –sin más sustento que el marketing y el arrojo- se lanzaron a amagar tal fatídica inercia con inusitados niveles de adhesión. No fue suficiente. Hubo más señales de arrogancia política. ¿El resultado? Desgaste general. Servirle el sillón presidencial en bandeja a su enemigo más íntimo.

Eduardo Frei Ruiz-Tagle es hoy la marca registrada de ese burdo sustento. Quién lo haya puesto allí entendió el apoyo multitudinario a Bachelet como imperecedero. Se equivocó. O simplemente no captó que se lo atribuyen a estatismo cuando la razón radica en el carisma. Así de superficial está el sufragante chileno. Que alaba a sus líderes y a la vuelta de la esquina se suma al paro. Un elector individualista, consciente de sus derechos sólo cuando le conviene, que vive en una nube de supuesto desarrollo.

Justo cuando falta humildad, el ex mandatario rehúsa abrazarla sumergido en la misma altivez con que anoche le habló al pueblo. Una impronta de presidente designado que a nadie convence, que ningún asesor es capaz de borrar en vías de un trabajo conjunto, mancomunado y que, al igual a la segunda vuelta de Ricardo Lagos, le permita salir ileso de la avalancha de golpes de urna que lo tienen en las cuerdas. Usted -como yo- hace mucho rato viene frunciendo el ceño cuando se pronuncia su nombre. Nos molesta su táctica fomentada en el ninguneo sin ideas propias –más que una copia al manifiesto de Sarkosy- de fondo. Muchos lo ven a regañadientes como el mal menor...

Hilando más fino, el gran aporte del demócrata cristiano en la primera magistratura es ahora su principal traba para reasumirla. Con Frei en el poder y tras la etapa de estabilización liderada por Aylwin, Chile comenzó la tarea de reinsertarse comercialmente en el mundo. Hizo tratados de libre comercio, potenció el desarrollo de nuestras exportaciones y no trepidó en abrir las fronteras al poder afuerino en vías de nuevos mercados. Pero la memoria colectiva habla del jefe de gobierno que se pasaba viajando, vendió tierras a precios irrisorios y privatizó sin trepidar en los costos medioambientales que acarreaba tal política expansiva.

Resulta que ahora, el mismo personaje se aferra a la paradoja de su período. Asume el progresismo estatal como un mandamiento sin atender lo contradictorio del mensaje reñido con su pasado inmediato. Siembra desconfianza y no se inmuta. Nadie en su entorno reparó en que tal apertura propiciada bajo su mando tiene al compatriota del sigo 21 más globalizado y despierto. Ávido de propuestas, alejado de las reyertas del pasado, viviendo un presente distinto. El país cambió por ellos y absurdamente, ellos se apegan a las tácticas añejas

¿Y entonces? La misma ciudadanía con nuevos estándares se arrima a la consecuencia más vil, la de papel. Es un discurso lineal al fin. Si Lavín pudo amagar al conglomerado con la retobada promesa de erradicar la delincuencia, el nuevo Chile sucumbe a los sueños de grandeza de un empresario afable y caricaturesco. El especulador siempre tendrá más opciones si compite en el paraíso de los especuladores con una sonrisa dibujada. Mientras Frei sigue perdido en su universo paralelo, a Piñera le basta con poco, con algo de grandilocuente artificio. Así está la pugna, así se reflejó ayer.

Apenas salí del recinto donde voté, miré las calles sin comercio abierto. Una plazoleta llena de ciudadanos de a pie, tomando helado y disfrutando el día llamó muchísimo mi atención. Se lo comenté a mi madre, allendista de alma, tan decepcionada de la concertación como yo. Pregunté si en antaño era todo tan loco, tan estresante y arrebatado en la urbe o si más bien, se asemejaba a esa fotografía reciente en mi cabeza.

Supe entonces que fue un oasis, que hoy todos corren porque todo se vende. Hasta las ideologías se permutan por un par de escaños en el congreso. Entendí que otra vez nos abordará la sombra del consumo. Compras, arribismo, materialistas, más tengo, más quiero. De seguro, más temprano que tarde ya no se abrirán las grandes alamedas para el hombre libre sino que serán vía exclusiva para los que puedan y quieran pagar.

¿Ve de qué hablo? Quizás Sebastián Piñera sea la imagen de ese país moderno, sobrevalorado y ostentoso que construyó la izquierda semi-progresista. Uno de promesas al viento, de avanzar sin fijarse en los que se queden más atrás. Los comicios de ayer dijeron algo innegable. Quién sabe si Piñera sea ese presidente que merecemos…
Fuente: El Clarín

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